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Trazados de Impaciencia
El Mayor levantó la cabeza. Desde esa perspectiva podía abarcar todo su feudo, poseía una poderosa vista de pájaro. Sus tierras se extendían entre el mar y la montaña, entre dos antagónicas rías: la una vital y madre protectora de diversas especies florales y marinas, la otra caudalosa y opaca, con olor a cuerpos descompuestos. En el gran mapa extendido sobre la enorme mesa de castaño de su despacho, que dibujaba en una escala irrepetible la silueta de los terrenos, podía contemplar la vida y los sutiles movimientos de cada uno de sus habitantes, prescindiendo incluso de sus lentes salvo para curiosear en aspectos tan poco relevantes para la sociedad como indispensables para el individuo.
El mapa económico quedaba dibujado por el humo que brotaba de la enorme chimenea de las dos grandes factorías, y de los coches que puntualmente acudían a su turno laboral cada ocho horas. Fuera de allí, los movimientos que se podían seguir desde la distancia eran escasos: el lento transcurrir de la densa caravana tratando de cruzar la población por la arteria de circulación hacia otras capitales de provincia; la lentísima navegación de un barco recién botado, en olor de multitudes y con importantísima representación institucional, desde el pequeño astillero de la villa; el resto era todo paz y quietud desde la perspectiva lejana y orgullosa del Mayor. Los colores eran el gris pastel de una tenebrosa tarde de primavera salpicada por el grisáceo nubarrón de las chimeneas y el verdor del agua del río vertida al mar, matizado por desperdicios industriales de diversa índole e idéntica procedencia. Los olores, entre el nauseabundo hedor que aquel día desprendía la ría y el frescor de los verdes y húmedos prados que alimentan al escaso ganado vacuno que aún los habita.
Hacía falta acercarse más, y usar anteojos si fuera preciso, si las condiciones de iluminación de la sala fueran escasas (tendrían que abrir las ventanas, pienso yo, que les observo desde aquí arriba observar, curiosos, sus dominios) y si la vista, cansada por los años, hubiera perdido perspicacia. Desde más cerca, y aún a riesgo de derribar con la nariz las haciendas de los menos desfavorecidos - también para los ricos es de rigor emplear eufemismos, podemos apreciar las maravillas reales de la adaptación del ser humano a su entorno, sus formas de obtener partido de la tierra y de la mar, sus tradicionales ingenios para protegerse de la intemperie, para proteger sus cosechas de roedores y plagas. Su histórica capacidad de sobrevivir dignamente, de aprehenderse a la historia. Sus ganas de emprender, de arriesgarlo todo a una carta cuando no queda otro remedio.
Aquella era una perspectiva sorprendentemente interesante, pensaba el Mayor. Le hubiera gustado quedarse durante horas contemplando el paisaje, los ligeros y casi imperceptibles movimientos de la gente y las caravanas de coches, el bullicio de la festiva mañana de jueves en el mercadillo semanal junto a los embarcaderos. Sin embargo, el salario de los arquitectos institucionales no contemplaba demoras debidas a ensoñaciones poéticas semejantes. Entonces, como despertando súbitamente de un profundo letargo, cogió entre sus manos cuatro rotundos rotuladores de colores rojo, negro, azul y verde, y se dispuso a trazar. Procurando, en actitud cívica que le honra, no ocasionar daños a las personas, sus posesiones y viviendas, trazó gruesamente los nuevos límites de lo urbano, lo industrial, lo turístico y lo rural. Aquel era, y no otro, el objetivo que había reunido en ceremoniales formas al Mayor y sus pupilos, junto con algunos de los funcionarios técnicos más destacados, que se limitaban a contemplar. Y juntó, como siguiendo una línea de puntos, las tierras de algunos amigos de clase acomodada, para permitirles edificar y obtener pingües y lícitos beneficios. Se inspiró en el mar para trazar diversas manchas azules que delimitaron dónde habrían de residir en tiempos futuros los visitantes, identificados con sus cámaras de fotos y sus acentos diversos. Pintó después en implacable negro la zona industrial, borrando con su trazado el verdor de los prados, encarcelando viviendas y presagiando un paulatino desarrollismo de los pueblos cercanos. Dejó en plena libertad la menor de las superficies para el pastoreo y la siembra, con recias pero finas líneas verdes. Y al séptimo minuto, descansó.
Y esta es la historia de cómo se cambia el sentido de la vida de un pueblo, de cómo se fuerza a la gente a abandonar los oficios heredados, de cómo se degrada el medio ambiente y se niega su disfrute a generaciones futuras, de cómo la plusvalía de la industria es hoy inferior a la de la construcción, aún estando infinitamente por encima de la productividad agropecuaria. La historia de cómo a pesar de todo, quien pone las reglas del juego está siempre marginado de la realidad.
Daniel de Ramonín   
 
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